Fue lo primero que le gustó del balneario, de la vida simple con el viejo: el tiempo no transcurría, se acumulaba en un vicio vertical, igual que una cascada, igual que el polvo en los muebles. Solo las estaciones venían a desmentir lo que uno sentía como idéntico y entonces era perfectamente legitimo dejar que el tiempo se escurriera leyendo diarios viejos y cuidando de los cachorros.
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