martes, 29 de marzo de 2016

Mirada de color:

 Josefina todas las tardes de su vida caminaba por su barrio observando detalladamente todas las casas, miraba las puertas, ventanas y hasta a veces disimuladamente husmeaba en ellas para ver el tipo de personas que habitaba en ese hogar. Ella podía deducir el tipo de persona que eran según el color de su casa, se daba una idea, aunque ella sabía que eso no definía por completo lo que uno es. -El color del hogar de una persona, no tan solo del hogar, hasta el color de su ropa representa una parte de lo que son, pero no hay como el mirar, el mirar describe a una persona completamente- decía Josefina. Ella sabía que la describían como una persona extraña y no solo porque se vestía de una forma distinta o extravertida. La describían de tal forma porque les costaba descifrar su carácter, descifrar lo que sus ojos sentían. Su ropa y su casa no describían más que a "una mujer que vive en una burbuja, una payasa", así decía Alicia la vecina. Pero no era solo la payasa del barrio era ella misma, una joven de 28 años que vivía en una casa de color manteca adornada con atrapa sueños, cuadros coloridos y en compañía de sus dos gatos: Teo, el gris y Perla, la blanca. Era ella, la mujer que vestía coloridos vestidos y largas botas, la joven que creía saber lo que los ojos decían y lo que el color de la ropa escondía. Los colores para ella eran parte de uno mismo, por eso, siempre pintaba uno de sus ojos azul y otro verde, según ella esos eran los colores de su alma. Josefina sabía que la gente llegaría a creer que era una mujer extravertida por su vestir, por su casa y por su color. Ella bien sabía que su vestir era de por si el más simpático, pero aun así su mirar seguiría siendo el más tímido.

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