Miraba la habitación, buscaba con la mente desordenando cada
rincón. El teléfono sonando lo perturbó, temía no llegar, temía perder la
llamada —12 horas esperando, maldita sea!— exclamó. Con miedo, rabia y tristeza
se rindió, el teléfono aún sonaba, sonaba cada vez más fuerte e insistente. —Disculpa! Discúlpame, no podré responder!— mirando perplejo a la nada gritó y
el teléfono paró.
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